viernes, 11 de diciembre de 2009

El Bromista

Nora recoge los tazones del desayuno. Los mete en el friega platos. Se dispone a hacer las camas. Suena el teléfono.

- ¿Dígame?

Nora cae de rodillas con la cara contraída. Silencio. Al cabo de unos minutos se levanta. Va hasta el salón. Abre la ventana. Salta al vacío los 12 pisos que le separan de la calle.

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Silvia está intentando sintonizar una emisora de radio. Le gusta escuchar las noticias matinales mientras ordena el cuarto de los niños. Suena el teléfono.

- ¿si? ¿diga?

El auricular se resbala de sus manos. El aparato al completo cae estrepitosamente contra el parqué. Camina hacia el dormitorio como en un sueño. Abre el cajón de la mesilla de su esposo. Saca una pistola y se dispara en la boca.

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Amanda se está secando el pelo después de la ducha. Suena el teléfono. Se dirige al recibido y levanta el auricular.

- ¿Hola? … ¿como?... ¿accidente?... no, no perdone, se confunde de número, yo no tengo marido ni tengo hijos.

Gallinaceas.

Desde muy niña mis alas fueron una prioridad. Al principio eran amarillas y tenían un plumón muy suave. Todas las noches madre les ponía suavizante y aceite de almendras para mantenerlas hidratadas.

Mamá tenia alas de pingüino, eran negras, pequeñas y poco atractivas, pero ni mi hermano ni yo heredamos sus alas.
Algunas noches, mientras terminaba de limpiar la cocina y se tomaba un anís de más, lloraba y se lamentaba de su mala suerte, nunca supo lo que es volar. Mi padre, si embargo, tenia unas hermosas alas de gavilán. En su momento fueron magnificas y fuertes, pero con el paso de los años y los excesos se habían deslucido mucho y daban un poco de miedo. Yo supongo que con ellas si podría haber volado, pero nunca lo intentó, el trabajo en el campo era duro y en ocasiones frustrante y el Orujo le había trasformado en un hombre taciturno y malcarado.

Mi hermano Javier había heredado las alas de mi padre. Madre tenia mucha confianza depositada en esas alas y desde pequeño ambos las cuidaron con tesón. A medida que iba creciendo le animaban a ejercitarlas a diario.

Una noche, Javier nos reunió a todos en torno al fogón de la cocina. Se tomo el culo del vaso de anís que mi madre había dejado sobre la pica, se aclaro la voz y anunció:

- Padre, Madre, ya estoy listo para volar. Me voy a Madrid a estudiar arquitectura.
-
Mi madre se limpio las manos en el delantal y le abrazo flojito con sus alas de pingüino. Padre apuro su vaso de orujo y con un temblor en la voz le dijo:
- Hijo, estamos muy orgullosos de ti.
-
Ese mismo día supe que yo no me iba a quedar atrás.
A los 14 años Padre me saco de la escuela, necesitaba a alguien que le ayudará con las vacas, aunque no le importó que asistiera a las clases nocturnas para adultos y terminará mi bachiller siempre y cuando estuviera en pie al alba.
A diario saltaba desde lo alto del granero y movía mis alas muy deprisa hasta que aterrizaba suavemente sobre las montañas de heno.

Por fin llegó el día en que me sentí preparada para volar. Mis pequeñas alas de plumón se habían transformado en unas hermosas alas de color blanco, que aunque no eran tan grandes como las de Javier, eran fuertes y lustrosas. Madre me decía que tenia alas de paloma, que debía sentirme muy agradecida de haber recibido un regalo tan hermoso de la naturaleza.

Tal y como hizo Javier en su día, reuní a mis padres en torno al fogón de la cocina y anuncie:

- Padre, madre, ya estoy preparada para volar, me voy a Madrid a estudiar derecho.

La cocina quedó en silencio durante unos segundos que a mi me parecieron horas.
Mi padre se aproximo a mi en lo que yo pensaba seria un abrazo, me agarro por el pescuezo y me metió en el gallinero.