Cuando Laura murió, Alberto se compró un perro.
Al perro también le llamó Laura, no por homenajear a su esposa, si no para evitar perder la costumbre y que el eco de su nombre se perdiera por las esquinas de la casa.
Aunque sabia que la nueva Laura no sustituiría a la otra en esos quehaceres destinados a una consorte sumisa y resignada, al menos le haría compañía en los años que le quedaban hasta el final de su jubilación. Con esta Laura empezó a salir más a menudo, olvidando el mando a distancia definitivamente en el hueco que queda entre el cojín y el respaldo del sofá.
Con timidez, pero al mismo tiempo con la convicción del que no teme perder su autonomía, Alberto se fue encariñando cada vez más de su nueva compañera. Mano a correa, paseaban por el parque como esos novios que todavía se están conociendo.
Al caer la tarde, ambos se sentaban en la terraza de un café. Alberto leía el periódico mientras Laura observaba embelesada a la gente pasar. De vez en cuando se miraban a los ojos y se sonreían mutuamente con la satisfacción de los que saben que nunca serán abandonados.
Algunas noches alquilaban una película en el videoclub, Alberto abría una buena botella de vino y se acurrucaban en el sofá a esperar que el sueño viniera a buscarles. Mas tarde se despertaban dando un respingo con los títulos de crédito y se iban a la cama, la misma cama que Alberto había compartido con su esposa, pero está vez no había barreras ni trincheras invisibles, esta vez Alberto y Laura dormían abrazados, con las respiraciones acompasadas y el corazón tranquilo.
Cuando su esposa murió, Alberto se compró a Laura y con está nueva Laura se dio una última oportunidad.
Por fin había aprendido a amar.
martes, 3 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
